S.O.S.
Parecía que
afuera llovía, quizá el invierno ya había llegado, quizá los últimos días de
otoño estaban más bravos… Quizá.
Tantas ideas
en mi mente me hacen desesperar; perder el control de mi vida fue algo de lo
que me arrepiento, sólo en parte, no completamente… pues, todo sucede por algo,
aunque estar en un lugar como éste a causa de mis acciones no sé si realmente
debía suceder por algo. A veces estar
aquí me desespera.
Las luces
brillantes y cegadoras hacían que me doliera la cabeza, los ojos, el pecho y
hasta el cuerpo completo. Puedo sentir como mi piel se seca poco a poco con esa
iluminación que sólo acaba empeorando las cosas, cómo si ese fuera el plan
desde el comienzo, digo, todos tienen una cura, pero realmente estoy dudando si
aquí encontraré la mía. Dudo de mis capacidades, siento que estoy perdiendo el
juicio aquí, desde un inicio no debí estar aquí, fue solo una forma para
salvarme de prisión y pagar mis pecados civiles de una forma no tan gloriosa,
pero puedo sentir que a medida que el tiempo avanza este lugar se apodera cada
vez más de mí, de lo que siento, de lo que pienso, de todo.
-
¿Cómo va
todo? – sonreía una mujer entrando en mi habitación con una bandeja en sus
manos.
-
Pues como de costumbre – reí, me encanta hacerlo
- ¿Qué hay en el menú de hoy?
-
La verdad, lo mismo de ayer y mañana, sabes que
debes tomar esto hasta que estés bien – dijo dulcemente.
Sonreí encogiendo
los ojos. Yo nunca estaría bien, no después de todo lo que había tenido que
pasar para que yo terminara en un lugar como este, acabado, solo, herido y con
unos antecedentes deplorables. Arruinado y triste en el pozo más profundo que
puede existir.
Lamentarme
ya no puedo hacerlo, ni yo mismo creo en los consuelos que mi subconsciente
intenta entregarme, sé que merezco estar así y aquí, o de hecho, en un lugar
peor. Ir por la vida a toda velocidad te juega la pasada, llega un punto en que
no sabes cómo terminas ahí, parado frente a un gran edificio incendiado por tu
ira, por la pérdida de juicio y la frustración, cuando estabas en la gloria
máxima de pronto todo se viene abajo por culpa de tus caprichos, de tu orgullo
y más aún por tu estúpido aire de superioridad, crees que teniendo algo más que
los demás te hace mejor, y pues claro, no siempre es así y vaya que demore en
entender toda esa mierda barata. Nunca pasa hasta que te pasa.
El inicio
del fin. Cuantas veces personas me decían eso, cuando mezclaba un poco de
alcohol con heroína, o simplemente empezaba riñas por mera diversión, con los
chicos que más me habían soportado y que aun así yo detestaba. A veces llego a
recalcar en mi mente que soy un hombre despreciable, miserable y el idiota más
grande del mundo, ¿cómo mierda pasé de tenerlo todo a estar encerrado en un
psiquiátrico en Irlanda? ¿Cómo pude perder el control de mi propia vida?
-
Si necesitas cualquier cosa, sólo avisa – su
sonrisa jamás desaparecía.
-
No lo dudes – mi cara de idiota era cada vez más
pervertida.
Y moviendo
sus caderas salió de mi blanco cuarto. Esa maldita frase fue tan importante en
toda mi vida hasta que todo terminó, hasta que yo decidí que tenía el control
de todo y la vida se encargó de hacerme saber que no era así.
Esa
enfermera me recordaba tanto a Julie, la única mujer que resistió tanto por mí
y para variar yo me encargué de alejarla, con cada idiotez que hacía, siendo
que lo único que necesitaba era que estuviera junto a mí, más aún en un esta
etapa, en esta posición en la que ni mi sombra me acompaña. La extraño.
Sus ojos
encogidos mientras sonreía alegraban e iluminaban hasta la más oscura noche, en
cada lugar, en cada momento su gran dote de cordialidad podía hacerte olvidar
de todo, perderte profundamente como en una sensación radical e irracional, que
te eleva y te lleva lejos, donde nada importa, donde el tiempo se detiene y tu
piel siente hasta la más mínima brisa y te eriza, te sientes como un bebé que
sólo necesita el pecho de su madre, y dios, que
pechos que tenía. Eran sabrosos y
muy suaves, te calmaban de cualquier cosa; quizá podría haberlos tenido un poco
más grandes, pero eran armónicos y con esa belleza natural que nada podía
discutir.
Cuando
apagan las luces en este infierno puedo recordarla, puedo sentir su respiración
en mi cuello, cómo cuando solía besarme, cuando me amaba, cuando éramos
felices. Si yo no hubiera sido el idiota que fui el último tiempo quizá ella
aún vendría a visitarme, a darme chocolates amargos que sólo comía para hacerla
sonreír, porque esas mierdas eran asquerosas, no logro entender porque me los
daba si sabía que no me gustaban. Malditas
mujeres.
Ya perdí la
cuenta de cuantos meses lleva sin venir a visitarme, quizá ya pasó el cuarto
mes. Recuerdo que no llovía mucho ese tiempo, quizá fines de primavera, no lo sé, si tan solo tuviera un maldito
calendario podría saber muchas más cosas.
Diablos,
cómo odio que el día pase tan lento, odio estar encerrado sin poder salir
siquiera al jardín que se ve desde mi ventana, aunque hagan veinte grados bajo
cero muero por sentir la nieve bajo mis pies, el césped húmedo por la lluvia, extraño el aire puro.
-
Mataría a
alguien por volver a tener una guitarra…
Es una frase
que repito gran parte del tiempo, al menos con eso podía volver a componer, a
abrir mi mente y desligarme de todo este infierno que me tocó vivir. Desearía
al menos estar con alguien un tiempo para hablar, intercambiar opiniones y
dejar de sentirme tan solo y abandonado.
Esos años
eran gloriosos. Estar sobre los escenarios dando espectáculos que jamás
olvidarían era lo que me mantenía vivo, era la adrenalina que necesitaba en la
sangre para poder respirar. Gritar por el maldito micrófono me liberaba de toda
la mierda que tenía dentro, de todo el odio que a veces la gente me hacía
sentir por miserables situaciones del diario vivir, estar con los chicos fue
unas de las mejores cosas que me pasaron en la vida, y que sin mucha novedad yo
tuve que arruinar.
Irse a un
bar luego de cada show era la mejor forma de acabar la noche, beber a más no
poder, drogarse hasta ya no poder ni hablar y cantar canciones de los ochenta a
toda voz era divertido, incluso cuando luego debíamos enfrentarnos a cualquier
tipo que se dignara a hacernos callar. El lío se desencadenaba siempre que
pasaba eso, y el dueño del bar acababa por echarnos para evitar a que llegara
la policía.
Caminando
como completos ebrios era la marcha de victoria que emprendíamos, cada gira
tenía su historia, y una grandiosa por cierto, pero con el avance de los años
cada vez fueron más aburridas, más apagadas y extrañas. Los chicos comenzaron a
criticarme cada vez con más frecuencia, como si mi forma de actuar ya no les
divertía. Comentarios sobre mi comportamiento destructivo e irracional era lo
que más repetían, cosa que poco a poco fue creando en mí cierto sentimiento de
discordia hacía ellos. No lograba entender bien lo que les sucedía, me sentía
atacado por ellos, eran mi familia pero comenzaban a tratarme cada vez más
diferente.
Sólo ahora,
en esta situación entendí bien porque lo hacían. Yo estaba fuera de control.
Tenían miedo, y era normal porque si éramos una banda, una familia… yo podría
acabar perjudicándolos. Y eso ya había pasado en ocasiones anteriores. Yo
estaba cavando mi propia tumba, y ellos tenían miedo de que los enterrara
conmigo… Yo no quería que eso pasara, pero si pudiera retroceder el tiempo,
quizá actuaría de otra forma para no perderlos y que siguiéramos de juerga, pero sin problemas…
Recostarme
en la maldita cama bajo el potente brillo de estas luces me hace recordar todos
los errores que cometí, uno tras otro, no sé cómo no me di cuenta antes de que
estaba en otra órbita, como si las cosas que pasaran a mi alrededor no tuviesen
que ver conmigo.
Incluso
cuando viene mi madre de visita, siento
lástima por mí. Partiendo por el hecho de que la veo algo así como dos veces
por mes, yo antes de esto jamás devolvía sus llamadas, además de ignorarla cada
vez que tenía problemas. Siempre la mantuve lo más alejada posible de mi vida,
ignorando el hecho de que algún día no la tendría más, sin embargo, es la única
visita que recibo desde que Julie dejó de venir.
Siempre me
relata cosas de personas que ya ni recuerdo, sólo para tenerla tranquila le
digo que estoy bien, que pronto saldré de aquí y las cosas estarán bien. Pero
ni yo me lo creo.
La última
vez que la vi, me dijo que Annie no recordaba mi voz. Y es bastante
triste que tu hija comience a olvidarte, es decir, nunca antes le había
prestado mucha atención pero estando en una situación como ésta, todo comienza
a afectarte, y no digamos que es la edad porque a los 32 años que tengo, aún
creo que no entro en esa categoría en la que hasta la historia de los demás
comienzan a hacerte daño sicológico.
-
Annie te extraña demasiado, el hecho de que no
intentes contactarte con ella empeora las cosas, Tyler – su voz maternal
preocupada era más notoria cada vez.
-
Pero si Julie no deja que hable con ella –
reclamé.
-
Siquiera haces el intento por llamarle.
Ya no podía
mentir, ser la víctima no era algo tan fácil cuando ya todos descubrieron que
eras un monstruo siniestro y cruel, egoísta y ególatra que le vale madre todo
el mundo.
-
Una vez lo intenté. – traté de defenderme.
-
Eso no es suficiente – frunció el ceño - ¿Cómo
piensas que ella pensará en ti si no muestras interés en verla?
-
¿Cómo está Julie?
-
Eso no importa Tyler…
-
¿Está
saliendo con alguien…?
-
No, sabes que está muy dolida con lo que
hiciste, sólo que planea irse del país y comenzar de nuevo con su vida, lejos
de todo lo que le recuerde a ti – su mirada de lástima cayó sobre mí.
¿Irse del
país? ¿En serio? ¿Es que acaso ya lo habré perdido todo?
Esa fue la
última visita de mi madre, hace como una semana y media. Desde entonces que he
tratado de hablar con Roger, el maldito de mi amigo que me metió aquí. ¿Quién
es? Es un psiquiatra con prestigio mundial, uno de los cabecillas en la mesa de
poder en el famoso psiquiátrico St. John, en nada menos que Irlanda, ¿más
alejado del mundo? Imposible. Aunque bueno, era esto o pasar 25 años en prisión.
Salvé mi
vida solo entre comillas, luego de haber golpeado al dueño de una disquera,
incendiar su edificio con trabajadores y todo adentro, además de amenazarle de
muerte y chocar mi auto contra el suyo frente al mismo edificio. Muchas
personas salieron heridas y creo que hasta un par de muertos hubo en el
incidente, para lo que en un juicio que se efectuó me dictaron una pena de
cárcel por veinticinco años. Para mi suerte mi abogado había tenido una charla
con Roger, el maldito le había ofrecido un trato para salvar mi pellejo, la
verdad no valía la pena.
-
Si se declara inestable mentalmente podremos
hacerlo pasar por un loco, que pague la sentencia reducida en mi psiquiátrico y
se quitará muchos años de encima
-
¿Se puede
hacer eso con todo su historial?
-
Puedo hacer documentos falsos con que era mi
paciente, y que todos los otros líos fueron causados por una locura que estaba
en tratamiento – aclaró Roger animado.
Maldito
idiota, que prefirió encerrarme en un psiquiátrico al otro lado del atlántico,
lejos de mi familia y amigos… Pero que aun así agradezco porque la condena fue
reducida a sólo cinco años de tratamiento intenso, del cual no tengo claro cuánto
tiempo ha pasado.
No sé bien
si agradecer su gesto, o maldecirlo.
Estoy a miles de kilómetros de la que fue mi casa, y recibo una medicación para
estar calmado, además de asistir a unas charlas extrañas que la verdad sólo
acaba haciéndome recordar la mierda de persona que fui. Dudo mucho si saldré
mejor de aquí, el poco contacto con otros me complica más las cosas. Hace ya
mucho tiempo que no bebo ni una gota de licor y mi cuerpo se pone ansioso, me
duelen los huesos por las mañanas y paso frío en las noches.
Ya no sueño.
Sólo recuerdo y añoro esos tiempos en los que estaba en la cima y nadie podía
detenerme. Pagar mis errores está saliendo más caro de lo que alguna vez
imaginé. Si hay algo que debo hacer para poder remediar un poco todo esto, es
encontrar al maldito de Roger y hablar con él, quizá pueda hacer algo para que
todo esto mejore, de alguna forma. Al menos podría prestarme una guitarra…
dios, con eso se ganará mi respeto en lo absoluto.
Me arden las
manos cada vez que pienso en la Gibson que
solía traer en mi coche, en las veces que prefería llevar a salvo a la guitarra
más que al perro cuando iba de viaje al bosque. Hay tantas ideas dentro de mi
cabeza que valen oro, si lograra salir de aquí volvería en gloria y majestad
frente a todos los que alguna vez dudaron de mí.
Al acabar
esta noche, yo sé que algo bueno pasará
mañana, no importa que esa idea la repita cada vez que se apagan las
brillantes luces sobre mi cama, algún día sucederá y me sentiré completo. Por
una vez dentro de mucho tiempo tendré razón,
no importa cuántas veces lo dije, al
menos no dejé de intentarlo.
